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EL CORAZÓN

Nota del director

Desde hace casi diez años establecí una conversación sobre el corazón con el  doctor Francisco Gómez P., director del grupo de cirugía cardiovascular del Hospital San Vicente de Paúl en Medellín. Por él me enteré que hasta finales del siglo XIX el corazón no era intervenido quirúrgicamente, tal vez por respeto a un órgano que desde el principio de la humanidad ha sido cargado por todas las culturas con cuanto atributo simbólico pudiera asignársele: “centro de la fuerza vital, el habitáculo del entendimiento, de la voluntad, del valor, de sensaciones y pasiones; fuente de la religiosidad y de la sabiduría, el rincón del alma, y por cierto, su verdadero centro. Pero, sobre todo: símbolo del amor”.

 

También descubrí que en Colombia hay un récord que muy pocos conocen: el del mayor número de operaciones de corazón abierto. El equipo de la Unidad Cardiovascular del Hospital San Vicente de Paúl llegó a operar en un período de 52 meses a 1022 pacientes con trauma cardíaco penetrante, mientras los grandes especialistas de Houston, Texas, sólo han tenido la oportunidad de mostrar su pericia sobre 711 pacientes con heridas de corazón en un período de 20 años. El doctor Gómez me hizo comprender que ese gran récord era al mismo tiempo, el sub-producto de una catástrofe, pues esas heridas eran el reflejo de otra gran herida que padece nuestra querida Colombia: eran el resultado de la guerra y la violencia que la azotan desde hace muchos años.

 

A mediados del 2004, cuando regresé al país tras un período de penoso exilio,  el doctor Gómez me llamó para contarme que había operado con éxito a un  soldado a quien se le había incrustado una esquirla en su corazón por la explosión de una mina quiebra-patas.  Sentí que esta anécdota era la culminación de una serie de reflexiones adelantadas pacientemente sobre el corazón en tanto que objeto y símbolo. Con este acto real de violencia se había atentado no sólo contra una vida humana, sino contra el símbolo que yace en el corazón de los símbolos. Era mi deber como documentalista mostrarle al país y al mundo la historia que rodeaba esa herida.

 

Sentí que territorio-país, vida-cuerpo-músculo, sociedad-historia-símbolo, podrían reunirse en una película para hablar más a profundidad del corazón. Este suceso permitía construir una metáfora que llevaría a término una etapa de mi obra audiovisual que durante más de quince años ha investigado y representado objetos-símbolos como la arepa, el trompo, la corbata, la cama, la hamaca, la acera, la estera y el ataúd. Un trabajo con el que creo  haber esbozado un  particular mapa de nuestra identidad y su diversidad.

 

Decidí entonces hacer un documental  que nos  muestre el corazón. Realizar una película que, al tiempo que nos recuerde la existencia de ese objeto a todos aquellos que pretendemos tenerlo dentro de nuestro pecho, sirva para tomarle el pulso al país donde vivimos entre risas y sufrimientos. Convencí al soldado y su cirujano de que me permitieran conocer sus vidas durante un año en función de los latidos de sus corazones. Me propuse, a través de ese continuo trajinar con su intimidad y destino, alimentado por un bombeo continuo entre la fisiología, la omnipresente representación simbólica  del corazón en el mundo real y  en el imaginario, en el lenguaje y en las cotidianas prácticas de todos los que tenemos ese instrumento de irrigación vital, dar un diagnóstico del paciente que un día no muy lejano fue consagrado al  Sagrado Corazón: Colombia.

 

 

 
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